Curiosas
las relaciones de la mente en ciertos momentos, que sentada en una butaca del
teatro Alexandra escuchando un monologo de humor de Berto Romero me hicieron
recordar los episodios vividos unas semanas atrás, cuando aterida por el frío
recorría las calles de Krakovia refugiándome en cada iglesia y cada palacio que
nos salía al paso y observaba el gris cada vez más espeso del río Vístula,
donde la leyenda decía que había fallecido el dragón que vivía en una cueva,
encima de la que se aposentó la ciudad una vez muerto, coronándose con el
castillo Wavel y su catedral.
Ese
ligero cortocircuito de la mente no tenía que ver con Polonia en sí si no con
lo que visitamos unos 100 km más allá de la ciudad, y que con la excusa de que
debemos recordar de forma perpetua todavía mantiene su huella sobre la nieve, y
sobre una herida que nunca cierra y que me sigue sorprendiendo a pesar de que
la historia haya avanzado, haciéndome sentir resentida hacía ciertos pueblos
que parecen ahora poner todos sus esfuerzos en dominar Europa sin armas de
fuego, pero de una forma sutil y casi agónica
llamada Economía.
Estuvimos
en Auschwitz-Birkenau y no me siento orgullosa de ello, porque ante
algo turístico tendemos a perder el respeto, y no me parecía nada justo salir
sonriendo al lado de: un horno crematorio, una cámara de gas, una pared para los fusilamientos, una celda de
un metro cuadrado para mantener de pie durante horas a cuatro personas, toneladas
de pelo que se habían empleado para hacer ropa, hospitales dedicados a la
investigación de la esterilización de las mujeres para eliminar a todas esas
razas inferiores haciéndose desangrar y morir de infección a esas personas conejillos de indias, centenares de fotos de gente con pijama de rayas, cara
triste, cara dura, cara perdida, cara que se difuminaba al cabo de pocos meses al
acabar muertos por el frío, el hambre, el duro trabajo o el tifus, pocos sobrevivían
al año y los que lo hacían sabían muy bien cuál era su destino.
Sin la
norma social la crueldad del ser humano no tendría límites, en la masa la
voluntad individual tiende a perderse, la memoria es caprichosa, por suerte o
por desgracia olvidamos demasiado pronto.
He aquí
la relación. Berto tras sus gafas de pasta y ese humor excesivamente
inteligente, se dirige al público con el micrófono en la mano y plantea esas
cuestiones que pretenden la participación activa pero a la que el público
perezoso esta poco acostumbrado. “Díganme” (miento un cómico nunca habla en
tercera persona) “Decirme ¿cuáles son consideradas las vestimentas más
atractivas? “ , que conste que hablábamos de gente buena, y que la gente se
afanó en dar contestaciones, al final tenemos dos: “el traje y el uniforme”, y
Berto dice “piensen que cosas malas han hecho gente con traje y uniforme”,
estallaron las risas siguiendo el hilo del chiste, yo ni siquiera puedo
recordarlo entero, porque se me volvió la idea de la fragilidad de la memoria
pensando que es muy posible que un soldado del ejército nazi vestido por Hugo
Boss me hubiera resultado terriblemente atractivo, y luego Birkenau donde se pasea un viento gélido y donde con un simple golpe de vista uno descubre que allí es imposible vivir,
volví tan temblorosa del campo de concentración que los dedos se me quedaron pálidos
casi azules, y no podía articular palabra, y Mito se tuvo que desnudar por
entero como los inuits y frotarme para que volviera, para que el frío y la
tristeza no pudieran conmigo.
El
humor es altamente inteligente y a veces pasa eso, nos despierta la conciencia.



